… DE LA VIDA L…

L.

La chica regresa a su casa después de haber pasado todo el fin de semana fuera de ella. Es domingo; son las once y veinte de la noche. Su madre está realmente muy preocupada ya que su hija no había dicho que se iba a pasar todo el fin de semana sin aparecer por su casa. La chica ni tan siquiera se ha molestado en realizar una simple llamada telefónica a su madre…

– Me vas a matar de un disgusto, hija. Cualquier día me matas con un disgusto de éstos.

– Perdona, mamá.

– ¡Cómo que perdona…! ¿Crees que con un simple ‘perdona’ ya me voy a quedar tranquila?

– Mañana, mamá… Mañana. Hoy estoy muy cansada… sólo quiero dormir un poco.

– No, si no me extraña. Desde el viernes que te fuiste y hasta hoy… ¡hasta hoy! Duerme, hija, duerme, que mañana ya hablaremos tú y yo largo y tendido… y de todo, absolutamente de todo… y claro, muy claro también. Crees que no sé lo que haces por ahí cuando sales, ¿eh?

– Sí, mamá, lo que tú digas… lo que tú digas.

Y la chica se encierra en su cuarto, lejos de las reprimendas de su progenitora. Está agotada, exhausta, casi al borde del desmayo, pero, aún así, se sienta en su silla de mimbre con ruedas y se acerca a su escritorio. Toma papel y bolígrafo. Todos sus actos los realiza de una manera extremadamente pausada, como si no le quedasen ya energías para moverse a un ritmo normal. Sólo puede actuar a cámara lenta, como en la repetición de un gol… Escribe, por fin, tras haber meditado durante unos minutos.

Querido amigo

No sé ni como empezar… y ya tengo que terminar, que irme de tu lado, que despedirme de todo y de todos… y te elijo a ti por una razón fundamental: tienes que perdonarme; perdóname por haberte utilizado y por haber actuado en tu contra, por haber entrado, sin tu permiso, en el mundo de tus más íntimos sueños… por haberte robado parte de tus sentimientos, de tú buen corazón.

Un beso eterno

INGRID……………………”

Quince segundos después de haber rubricado esa nota, la chica la rompe en mil trocitos que luego tira por la ventana como si se tratase del confeti que unos niños lanzan al aire al paso de un desfile. Su gesto no refleja su verdadero estado de ánimo. Sus ojos no parecen ser ya el espejo de su interior. No es ella, la chica… Se tumba encima de la cama y trata de coger cuanto antes el sueño. Está cansada, cansada… realmente cansada; sus dedos están también muy doloridos: no están acostumbrados a conducir tantas horas, tantos kilómetros… “Bueno, ya está”, susurra Ingrid, la chica, antes de acomodarse en una postura que le permita bucear por los recónditos fondos abisales del sueño. Pero su madre insiste desde el otro lado de la puerta.

– Ingrid, hija, ¿estás ya dormida?

– Sí, mamá, casi lo estoy.

– No te olvides que mañana tienes que madrugar, que tienes la entrevista con los del banco… ya sabes que la entrevista es en inglés, y que ese trabajo te vendría estupendamente para ir centrándote, para ir sentando un poco esa cabeza loca que Dios te ha dado… ¡Ay!… Duerme bien, hija mía, y sueña en inglés, sueña con los colores del arco iris, que eso trae suerte, mucha suerte.

– … … … … – La chica no responde.

– ¿Me estás escuchando, hija? Tienes que poner el despertador para las ocho y media, que la entrevista es a las diez…

– I know, mom… I know – Pero su madre no ha podido oírla porque esas palabras han salido de su boca sin la suficiente fuerza como para poder llegar hasta los oídos de Soledad, la madre ocupada y preocupada.

La chica, Ingrid, adopta una postura que asemeja el estado fetal; así, de esa manera, la neblina de los cenagosos pantanos del mundo del sueño se infiltra por todos sus poros para anestesiarla por completo. Es extraño, realmente extraño que la chica pueda cerrar sus ojos y relajarse en esa postura: ella siempre duerme boca arriba… en ninguna otra posición puede ella conciliar el sueño.

Se acabó.

La luz poderosa vino y se la llevó, y en su lugar dejó, sobre la colcha de ganchillo, una nota hecha con letras de varios tamaños recortadas de periódicos y revistas.

A la mañana siguiente, la madre preocupada se encontrará con el vacío de la habitación de su hija, que le asestara tal bofetada, que no podrá recuperarse de su dolor durante el resto de sus días.

Mientras tanto, la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central de Asturias, en Oviedo, recibe en sus lúgubres aposentos a un nuevo huésped, que, en éste, su último viaje, escucha el eco de la voz de Morrissey cantándole muy suave eso de “sing me to sleep, I’m tired (cántame para dormir, estoy cansado)…”

… DE LA VIDA XXXIII…

XXXIII.

“Me parece increíble que ése que está ahí postrado, entubado hasta la médula, sea yo. Joder, ¿estaré muerto?… No, no me lo parece: aún tengo respiración, aunque sea asistida. Pero si no estoy muerto, ¿entonces qué coño hago yo aquí, observando mi propio cuerpo? ¡Qué sensación más extraña… ! ¿Dónde estoy? ¿Por qué sigo pensando, sintiendo…? Alguien se acerca; parece un doctor… no, son dos. Mejor me escondo, aunque no creo que sea necesario… ¡Qué tontería!”.

– ¿Qué opina usted, doctor Hevia?

– Creo que es inútil seguir manteniéndolo así. Fíjese: encefalograma plano, muerte cerebral… ya no queda nada por hacer. Deberíamos pedir permiso a la familia para desconectar el respirador… y que la naturaleza siga su curso.

– Sí, sí, opino exactamente lo mismo: ya no queda otro remedio… Le acompaño, entonces.

“Bueno, ¡ya está!, me da la impresión de que he muerto. Ahora mismo no soy capaz de recordar las causas que me condujeron hasta aquí. Sé que había salido el sábado por la noche con Pedro, con Silvia… estábamos en el ‘Chanel’, Poty estaba poniendo ‘Here Comes Trouble’ de los Lazy Cowgirls… no sé, es lo último que recuerdo con claridad.

Como casi siempre, nos metimos de todo: farlopa, pastis, whiskies, cervezas… Mi memoria se pierde en un punto de la noche, y a partir de ahí todo se difumina… ¡Qué más da! La cuestión es que yo ya no me encuentro entre los vivos. ¿Y mis padres? Joder, mis padres deben de estar hechos polvo… Lo que más me jode es que mi hermana se quede con todos mis discos, con todos mis libros; ya no tendrá que pedirme permiso para ponerse mi chupa de cuero negro, pero, por otro lado, ahora seguro que sufrirá por todo que injustamente discutió conmigo… pobre.

Se acerca gente de nuevo… ¡Hostia, si son mis padres con uno de los médicos de antes… !”.

– … les repito que no hay nada más que hacer por nuestra parte, su hijo está clínicamente muerto.

– Pero mire: respira, su corazón sigue latiendo…

– Sí, tiene usted razón, señor. Javier puede permanecer así, como un vegetal, durante meses, incluso años… Pero su cerebro ya no le pertenece. La muerte cerebral no es otra cosa que la muerte misma… Hágase a la idea de que nunca más podrá hablar, ni caminar, ni…

– ¡Basta, no siga! No tiene usted corazón… ¿Cómo puede hablar así de mi hijo? No ve que está vivo… ¡¡ESTÁ VIVO!!

– Vuelvo a repetirle que la medicina ya no puede hacer nada más por su hijo. Está en las manos de Dios… o de lo que sea… aunque la decisión final depende exclusivamente de ustedes. Les dejo a solas para que puedan hablar tranquilamente y llegar a una determinación. Si al final deciden que sea desconectado… bueno, esto es realmente duro de decir, pero como ustedes ya sabrán, hay mucha gente esperando, gente que puede seguir viviendo gracias a los órganos de su hijo…

– ¡Lárguese de aquí! ¡Quítese de nuestra vista…!

– Está bien, está bien… comprendan que es mi obligación como médico… De acuerdo, estaré en mi despacho por si me necesitan.

“¡Joder, qué fuerte! Si mi madre dejase de llorar, de exteriorizar su amargura se me haría todo mucho más fácil. Yo estoy bien, me siento a gusto… Si fuese posible comunicárselo a ellos de alguna manera… Si es que es lo mejor, ¿para qué van a rendir culto a un cuerpo inerte durante años…? Yo ya no soy ese que está postrado en esa fría cama de hospital…

Nunca habría podido imaginarme que morirse consistiese en esto: tu cuerpo se queda ahí, pero tú sigues adelante… piensas, hablas contigo mismo ¿Será el alma? ¿Habrá un cielo o algo similar? ¡Bah!, no creo… sigo siendo ateo, sigo pensando como antes, y además supongo que si hubiese un paraíso al que ir o algo parecido ya me habrían enviado alguna señal, ¿no?”

– ¡Está aquí, Juan! Te digo que siento que vive, que quiere vivir, que me necesita.

– Claro que está aquí, yo también lo estoy viendo… pero no es él, nunca más volverá a ser él, ¡nunca más! ¿Para que le vamos a hacer sufrir? ¿Con qué razón nos vamos a mortificar día tras día…? Se ha muerto, Gloria, se ha ido para siempre.

  – ¡Qué fácil lo ves todo…! ¡Qué fácil!

– No llores… Venga, ven aquí. Tenemos que ser fuertes, apoyarnos el uno en el otro, y dar a partir de ahora todo nuestro cariño a la nena.

– Entonces crees que lo mejor…

– Sí, ahora mismo aviso al doctor para que lo desconecten. También creo que es mejor que donemos sus órganos… así, al menos, vivirá en alguna otra persona que los necesite.

– ¡Ay, Dios mío! ¡Mi hijo, mi hijo… ! Y todo por culpa de ese cabrón… Nunca me gustó que saliera por ahí con ese Pedro… Esas juergas que se corrían viniendo a casa tan tarde…

– Venga, mujer, no culpes así a Pedro. Es un buen chico, son jóvenes…

– ¡Qué no le culpe, qué no le culpe… ! Pero tú viste lo que dijo el doctor el otro día: toda la cantidad de droga y alcohol que llevaba en la sangre… Antes de conocer a los del ‘C’ nuestro hijo no era así; en Madrid casi nunca salía… era un chico más introvertido…

– Anda, cálmate, mujer. Despídete de él mientras yo me acerco a avisar al doctor Hevia.

“¡No, no es justo! No debéis responsabilizar a Pedro. Estáis recurriendo a una postura simplona… no busquéis el camino más evidente… Además, yo soy libre y hago lo que me da la puta gana, ¡joder!, que nadie me ha obligado nunca a hacer nada que yo no quisiera… Y menos mal que han optado por desenchufarme de todos estos horribles aparatos, porque me da la impresión de que mientras sigan manteniendo mis constantes vitales yo no podré salir de aquí, irme a donde tenga que irme. Estoy impaciente ya; ¡qué nervios!… A ver si muero rápido…

Me gustaría poder echarle un cable a Pedro; no quisiera que mi madre lo atosigara de ninguna manera… Bueno, ya pensaré en algo… Y mi madre sigue ahí, llorándome, despidiéndose de mí. ¡Qué raro! ¿Cómo puede ser que el llanto amargo de mi madre no llegue siquiera a tocar mi fibra sensible? Claro, debe ser porque yo ya no poseo ningún tipo de fibra ni nada material… ¡La hostia!”