… DE LA VIDA LVI…

LVI.

Era superior a sus fuerzas, la curiosidad arrastraba irremisiblemente a Pedro hacia la búsqueda de alguna explicación sino posible, al menos plausible. En casa de la familia Zamudio Frías no quedaba ni un solo recuerdo palpable de la travesía por la vida de la primogénita. La única instantánea que Pedro conservaba de Ingrid también se había volatilizado misteriosamente. Todos sus compañeros de piso aseguraban y reaseguraban infinidad de veces que ellos no habían cogido la dichosa fotografía. ¿Qué cojones quedaba entonces…? Pedro se estaba planteando incluso si alguna vez había poseído aquella foto, y habría llegado a esa conclusión de no ser por los testimonios de Fernando, de sus propios compañeros de piso, hasta del propio Juanjo, el que había osado en una ocasión hacer un comentario fuera de tono sobre las voluptuosas formas de Ingrid. Todos confirmaron, sin dejar lugar a la menor de las dudas, que una vez existió, aunque sólo fuese plasmada en papel fotográfico, la imagen de una guapa chica morena al lado de un bisoño adolescente con cara de despiste inherente. “De todos modos, alguien podría haber hecho un buen montaje… ¿o no?”, llegó incluso a afirmar el cachondo de Iñigo, un fanático hincha de los Expedientes X.

A Fernando, en ocasiones agudo con su ingenio, un día se le ocurrió una última alternativa. “Recuerdo que me dijiste que la foto aquella la había hecho un primo tuyo, ¿no?”, preguntó Fernando súbitamente eufórico debido a la supuesta brillantez de su idea. “Sí, mi primo Jose”, le respondió Pedro sin darle mayor relevancia al contenido de la afirmación de su amigo – ya le daba todo igual, ya no sentía la desesperación de los días previos, sólo tenía ganas de pasar página cuanto antes -. “Pues ya está, asunto arreglado. Él conservará el negativo, supongo… haces una copia, o varias copias por si acaso…” Pedro tomó nota y, sin más demora, ese mismo día hizo una llamada telefónica a su primo Jose a Cacabelos para que le hiciese el favor de copiar la foto de los negativos de la boda de la prima Natalia en la que él salía con una chica morena muy guapa. La respuesta de Jose surgió contundente como un misil tierra-aire: extrañamente, Jose había extraviado los negativos de las fotos de aquella boda – “ya ves, tengo guardados todos los negativos de todas las fotos que he hecho en toda mi vida, y ésos, precisamente ésos, no están. Y mira que los he buscado para dejárselos al tío Martín, que no hace más que pedírmelos, y fotos, lo que son la fotos que saqué, no me quedan ni la mitad, el resto, pues ha desaparecido no sé aún ni cómo…” – A pesar de la decepción inicial, semejante respuesta (puede que hasta esperada) no causó la menor mella en el apaciguado ánimo de Pedro. Estaba dejando de ser Mulder, el ‘siniestro’, para ir convirtiéndose paso a paso en la escéptica Scully; “no me voy a creer nada, ninguna explicación fuera del mundo pragmático… pero seguiré insistiendo… por lo menos unos días más. La muerte de Javi no puede quedar así, impune… Era mi amigo, y creo que se merece un último esfuerzo por mi parte.”

Siguiendo la línea que la boda-despertador trazaba, a Pedro se le ocurrió indagar en casa de sus primos Jesús y Natalia. En una de las visitas a Cacabelos fue a visitarlos. Después de conversar sobre los mismos temas triviales de siempre, que si este año vendrás para la matanza, que si se estaban planteando ya tener descendencia ahora que estaban estabilizados (“¡qué triste!”, pensó Pedro ante la angustia existencial que le provocaba el hecho de pensar que alguna vez pudiese llegar a tener un hijo; “joder, un enano invadiendo toda mi intimidad y sin dejarme vivir a mis anchas… ¡no! ¡Y una mierda…! ¡Ni pa dios!”), etc., etc.

Pedro comenzó a hablar de Ingrid, sobre la repentina desaparición de la chica; se dirigía especialmente a Jesús, que, como primo de Ingrid, puede que supiera algo, que conociese algún dato nuevo que le acercase a su paradero actual. (Pedro no mencionó el accidente que había acabado con los huesos de su amigo Javi en el camposanto de Oviedo, no fuera a ser que esa información coartase de alguna manera la respuesta de Jesús.) Jesús sí sabía que su prima se había largado de casa sin dejar rastro, acto que, a pesar de lo que opinaba su familia, a él le parecía lógico; “no, si mi prima siempre estuvo un poco pirada. Es una tía muy rara, yo nunca llegué a tener una relación muy estrecha con ella… es más, se podría decir que ninguna, salvo en las típicas reuniones familiares. No tengo ni puta idea de dónde puede estar… Pero, ¿a qué se debe tanto interés por tu parte?”. “No, nada en particular; es que me enteré de su desaparición porque en Madrid me encontré por casualidad con su hermano… con tu primo, vamos”, contestó Pedro a la pregunta enviada por Jesús, cuando en realidad le hubiese apetecido decirle “¡y a ti qué cojones te importa! Son asuntos míos, solo míos; ¿vale?”. Pedro intentó una última cuestión: “oye, Jesús, ¿tú sabes si Ingrid tenía un Ford Fiesta de color rojo… o quizá su padre, o su madre?” “No, que yo sepa tenían un Polo; luego se compraron un BMW. Pero un Fiesta, no, de eso sí que estoy seguro.” Era imposible seguir; los caminos se bifurcaban una y otra vez, una y otra vez hasta hacer que los cruces, con infinidad de opciones a elegir, superasen la capacidad de Pedro para poder discernir cuál era el válido y cuál no. Pedro cambió repentinamente de tema; no quería que se le notara en exceso su delicado interés por la ‘tía rara’ aquella, pero llegado un momento en el que volvían a hablar cíclicamente de las mismas cosas una y otra vez, una y otra vez, ya no pudo resistirlo más y preguntó si podía ver al álbum de fotos de la boda, algo que hizo sentado entre el matrimonio de primos. Resultado negativo: Ingrid sólo aparecía en una foto, pero nada más se podía ver una pequeña parte de las botas Doctor Martens que llevaba puestas aquel día, el resto de su ser estaba tapado por su hermano Erik. Eso era a lo que se había reducido Ingrid, su recuerdo, a unos centímetros cuadrados de piel de bota Doctor Martens de color negro, ni mate ni brillante. Y ya metidos en materia, también se dispuso, esta vez a propuesta de su prima Natalia, a ver el insufrible vídeo ‘artístico’ de la boda entre planos innecesariamente alargados de flores del parque y de horteras sombrillas estilo victoriano. Nada, Ingrid parecía no haber actuado en aquella película: no estaba entre los presentes en la ceremonia religiosa, tampoco había bailado mientras el fotógrafo – el nieto de Honorio, el retratista, el que había inmortalizado a la abuela Dolores…el que había muerto en la Guerra Civil, en el frente de Aragón – grababa el vals que iniciaba el baile nupcial; su sitio en una de las mesas de invitados se presentaba vacío ante la videocámara cuando estuvieron tomando planos de todos y cada uno de los invitados al banquete. Daba la impresión de que Ingrid se había ocupado con extrema precisión de no dejar pruebas de su existencia hasta ese momento.

Aquello ya no daba para mas, con lo cual se despidió de Natalia y del marido de ésta envuelto por la cortina de humo formada por frases supuestamente efusivas del tipo “a ver si vienes a vernos más a menudo, que parece que no tienes primos…” Al entrar en casa de sus padres llegó a una firme determinación: “Paso. Desisto por completo; ya no pienso indagar más… Si ella mató a Javi, que sobre su conciencia recaiga su muerte, y si no lo hizo… ¿qué hostias hago yo entonces perdiendo el tiempo con estas pijadas, si dentro de nada comienzan lo exámenes…?”.

Si una persona no cree en la existencia de ningún dios, ni en ningún otro tipo de superstición, ni en nada que se salga lo más mínimo de la línea impuesta por las leyes de la ciencia, entonces no puede seguir buscando soluciones cuando cada paso dado, en vez de ir respondiendo lógicamente al planteamiento inicial, genera por sí mismo montañas y más montañas de enormes interrogantes. “Mejor no saber, no ver, no oír, no hablar más… Sigo con mi vida, como siempre, y puede que algún día, cuando menos las necesite, lleguen hasta mí las respuestas a tanto embrollo”, se dijo Pedro a sí mismo la misma noche en que regresó de su pueblo, tras haber visitado, sin resultados evidentes, a sus primos, y antes de ponerse a estudiar duramente para un examen final de Sintaxis Generativa Transformacional de cuarto curso de Filología Inglesa.

La expresión de la abuela Dolores parecía haber cambiado, parecía incluso más serena, más segura de sí misma que antes… pero se trata de una simple fotografía pegada en la pared de un cuarto en penumbra, y Pedro no se dejará nunca llevar por ese tipo de impresiones. Puede que no le den más que miedo… puede que, de todas formas, la verdad no esté ahí fuera…

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… DE LA VIDA LIV…

LIV.

Tengo por norma ir una vez al mes, como mínimo, a mi pueblo. No es que lo necesite, pero sí que me reconforta salir de mi burbuja, de mi absorbente rutina de estudiante universitario. En la actualidad, con mis padres todo va fenomenal; nada mejor que la distancia para enriquecer una relación paterno-filial que se mantenía bajo mínimos, que transcurría agitadamente discusión tras discusión dentro de un círculo vicioso del que resultaba difícil escapar. Tampoco puedo dejar de mencionar lo que supone de revitalizador para mi vacía despensa una de estas visitas: jamón, chorizos, botillos, conservas de pimientos, de tomate frito… vamos, que suministran parte de mi alimentación a base de productos porcinos y ricas hortalizas de la tierra berciana. (¿Alguien ha mencionado la palabra ‘colesterol?)

Después de lo de Madrid y de lo ocurrido con Gloria sentía en mi interior una aparente necesidad de calma existencial, con lo que me fui a Cacabelos a pasar un fin de semana, sin otra intención que la de disfrutar de no hacer nada, absolutamente nada, salvo tomarme unos vinos y unas tapitas con mis amigos por las bodegas del casco viejo, y, sobre todo, dormir, disfrutar de las horas de sueño sin que la conciencia tenga que estar lanzándote constantes avisos del tipo ‘tengo mucho que estudiar’ o ‘tienes que ir a la compra y luego hacer la comida’. De eso nada, sólo levantarse a la una y media, a las dos, y tener la comida puesta sobre la mesa. Vamos, como un rey, un puto rey de mierda. (Todos sabemos “abusar” cuando nos lo proponemos…)

Mariano Farelo, el conocido en nuestra niñez como ‘Tocinín’, al enterarse de mi presencia en el pueblo me invitó a conocer su piso de recién casado. Vaya una decepción; ¡qué piso, madre mía! Ni un solo indicio del más mínimo desorden, que yo tanto amo. Toda la decoración conjuntada, multiplicidad de figurillas de cerámica alineadas en los estantes del armario del salón, etcétera, etcétera. Pero lo peor, lo más humillante, principalmente proviniendo de uno de tus mejores amigos, fue la forma en que me agasajaron, sobre todo Cristina, su mujer, para que tomase un café con pastitas de té. Joder, es como visitar a un pariente que, de tanto insistir para que estés cómodo y tomes algo, acaba por agobiarte de tal manera que a los cinco minutos tu único deseo es salir pitando de allí. ¡Ni siquiera se podía fumar!, sólo en la cocina y con las ventanas abiertas de par en par… Pobre Mariano, antaño tan rebelde y ahora engullido por la hipócrita vorágine de un pueblo pequeño, que es el mío, sí, pero ante el que hay que saber ser crítico para poder analizarlo desde una distancia prudencial, y sin dejarte atrapar por su rueda de molino. Un día de estos voy a tener que hablar muy seriamente con él. No puedo quedarme tranquilo cuando una duda que me agobia desde el día en que me comunicó que se casaba se acrecenta más y más cada día que pasa: ¿será Mariano consciente de todo el lío en el que se ha metido? Porque él tenía otros proyectos muy distintos…

Mariano dejó de ser ‘Tocinín’ cuando se convirtió en un apuesto adolescente tras el que andaban como perras salidas casi todas las chavalas de Cacabelos y sus alrededores. (Se me nota un poco la envidia, ¿no? En realidad no eran perras salidas, tan sólo quinceañeras con ganas de conocer nuevas sensaciones, como debe ser…) Aunque se podría decir sin temor a equivocarse que ya éramos amigos desde unos años antes, no comenzamos a compartir todo tipo de correrías hasta que yo fui capaz de despertar, de quitarme las orejeras de burro que me limitaban el horizonte, y salir de la secta católico-integrista por la que mis padres me guiaban; los dictados del Sumo Pontífice eran mi guía… y hoy en día considero que Juan Pablo II es uno de los mayores terroristas morales de la década. Lo mío fue muy repentino, fue como si hubiese bebido de un elixir que, afortunadamente, me devolvió a la vida; el bello durmiente que despierta después de que se lo folla – vamos a ser realistas: siempre nos cortaron la escena posterior al beso – la tan esperada princesa de cuento de hadas. Me di toda la prisa que pude… pero entré en el juego de la balanza compensatoria: cuanto más fuerte era la juerga, más dura para conmigo era la actitud de mis padres. He de reconocer que Mariano me ayudó a mantenerme conscientemente despierto; él disfrutaba de todo lo que le ofrecía la vida como a nadie había yo visto hacer hasta la fecha. Recuerdo que llegó a tener novias hasta en cuatro pueblos distintos, siendo además capaz de multiplicarse para mantener viva la llama en las cuatro; y todo ello sin dejar, además, de salir con nosotros, sus amigos. Yo actuaba como un buen parásito. Aprovechando sus innatas habilidades para ligar con una tía, yo cogía presto su rebufo y esperaba pacientemente a que alguno de sus múltiples ligues apareciese algún día con alguna amiga que poder llevarse presto a la boca… ¡anda que no me habré yo morreado y metido mano con tías no del todo guapas, por no decir horrorosas…! (y eso que estoy obviando mencionar toda la variedad de gordas, halitosas, bizcas, culibajas, patizambas, y hasta pijas gilipollas que no había su tía que las aguantase – hombre, alguna un poquitín guapa sí que hubo, aunque las menos, por desgracia – … pero es que hay que aprender a andar en bici como sea, da igual que la bici esté un poquitín descacharrada… … ¿no? Tampoco pretendo yo ser un Indurain…). Claro que yo estaba enamorado de Ingrid, aunque no quería reconocérmelo a mí mismo por no hacerme daño, pero eso no implicaba que, mientras mi mente era totalmente suya, no pudiese yo ofrecer mis juegos sexuales a otras chicas. ‘Sexo es sexo, y amor es amor’, como diría algún entrenador de fútbol yugoslavo (hablando en castellano, claro). Está más que científicamente demostrado que la monogamia, sexualmente hablando, no existe, es una pura invención judeo-cristiana que los curas utilizaban (y utilizan) para poder follarse ellos, en el nombre del Padre (también del Hijo o del Espíritu Santo), por supuesto, a toda hembra, niño o criatura que se les pusiese (o ponga) por delante.

Ese era Mariano, un ídolo no sólo de féminas, sino también de varones sanamente envidiosos de sus dotes como donjuán. Por eso no puedo soportar al Mariano de hoy en día, al de ‘¿quieres otra pastita?’… Daban ganas de responderle ‘sí, pero para metértela por el culo lentamente para ves si así te espabilas’. ¿Cómo puede haberse dejado engañar…? Y no me estoy refiriendo a Cristina, ‘La Túzara’, que ella es muy buena chica, aunque un poco simple y sin más aspiración que la de cuidar de su casita (tra-lara-larita) y de su apuesto maridín, me refiero al entorno, que debe ser atosigante hasta el punto de contagiar la enfermedad del haz-lo-mismo-que-yo-hice-y-sin-salirte-del-carril generación tras generación. Viéndolo a él, me produce un gran alivio el haberme ido de allí. Desde la lejanía quizá idealizas un poco todo lo que supone tu cuna, pero bastan dos días de visita cada cierto tiempo para que la puta realidad te dé la bofetada que continuamente tratas de esquivar, por lo menos para que ésta nunca llegue a dar como resultado un sonoro K. O. técnico.

Ahora que lo pienso con calma, puede que aquel susto que se llevó hace un par de veranos terminara de un plumazo con sus devaneos amorosos, con sus andanzas casanovianas. Había una gitana en Cacabelos, Raquel Jiménez, que se infiltraba en los sueños eróticos de todos nosotros. Era guapísima: con su larga melena negra, su tez tan morena y aquellos ojos verdes que iluminaban su cara… y de cuerpo no digamos: nada que envidiar a ninguna de las conocidas como top-models. Raquel iba siempre con dos amigas, también miembros de la raza calé, a bañarse en verano a una zona apartada del río – algo que también hacíamos nosotros, aunque por motivos muy distintos: para poder fumar algún que otro porro lejos de las ávidas miradas de las ‘lechuzas’ (por lo agudo de su vista) de Cacabelos, que eran capaces de propagar una noticia a la velocidad de la luz incluso, y, paradójicamente, antes de que ésta se produjese. La razón que obligaba a las tres gitanas a apartarse del bullicio permanente de la zona oficial de baños, la que cubrían con tosca arena de obra, era la de no ser vistas por el clan de los Jiménez, ya que las gitanas, por ley ancestral, deben bañarse y tomar el sol vestidas, sin mostrar ni un centímetro cuadrado de su piel – salvo manos, pies y cara, lógicamente -. Pero Raquel y sus dos colegas habían nacido con un espíritu rebelde en su interior: ellas sí que tomaban el sol y se bañaban en bikini. He aquí otra razón de peso que suponía un buen aliciente más para acercarnos a aquella zona del Cúa entre chopos, mosquitos y libélulas de varios tamaños.

Un día Mariano, en actitud ciertamente sentenciosa tras haber dado las caladas correspondientes al porro, comentó: ‘a esa Raquel me la voy a follar yo antes de que termine este verano’, lo que provocó automáticamente la risa general de todo el grupo, igualmente afectado por la risa floja que conlleva el fumar hachís; este espontaneo cachondeo se vio repentinamente interrumpido cuando nos dimos cuenta de que Mariano hablaba en serio: se había acercado, osadamente, a hablar con las tres chicas. Así estuvo unos días, hasta que por fin pudo aislar a Raquel de las otras dos y quedarse a solas con ella. A mediados de agosto, Mariano nos contó que ya estaba, que ya se lo había hecho con Raquel, y más de una vez, aunque omitió detalles más precisos, lo que nos extrañó bastante, porque Mariano era de los que alardeaban de sus conquistas, de lo semental que se sentía. Desde entonces, Raquel dejó de venir al río, al menos a la chopera que constituía nuestro territorio.

Mariano parecía estar colado por ella; hipótesis que se confirmó poco después cuando me contó, invadido por una sincera pena (nunca lo había visto así de compungido por una tía) que Raquel se tenía que casar, por orden de su padre, con un gitano de Barcelona llamado Antonio Salazar. Las palabras entrecortadas de mi amigo desprendían también cortantes trocitos de pánico que se acumulaban molestos y cristalizaban en la boca de su estómago. Estaba en peligro y él lo sabía.

Lo ocurrido después en la boda era más que previsible. Se prepara un festejo de tres días, vienen los capos gitanos de la región, los Jiménez, así como los jefes del clan catalán de la familia Salazar; se casan y justo después, ¡zas!, llega la ajuntadora – la encargada de introducir el inmaculado pañuelo en la vagina de la novia para dar así testimonio de su pureza -, y ,en esta ocasión, el pañuelo que sale del interior del sexo de Raquel no presenta el más mínimo rastro del denso líquido rojizo. Tras el grito desgarrado de la ajuntadora, papel que siempre recae en una familiar del novio, se sucedieron una serie de peleas a navajazos entre las dos familias, al más puro estilo ‘Montoyas y Tarantos’, que produjeron dos víctimas mortales y siete heridos de diversa gravedad. Acojonante, sin más. En cuanto me enteré de lo ocurrido (yo ya estaba muy pendiente de esa boda gitana porque me temía algo así) salí disparado en dirección a la casa de Mariano… pero él ya no estaba allí; me dijo su madre que se había marchado la noche anterior a Coruña a pasar unos días con sus tíos. Pero yo, su mejor amigo, estaba allí, en el pueblo y a tiro de los Jiménez… y el temor que debía padecer él se trasladó de inmediato a mi interior. Me había quedado solo y aterrado en el frente. Maldije al cabrón de ‘Tocinín’, y me encerré en casa durante tres días, esperando a que en cualquier momento apareciesen los Jiménez frente a la puerta de mi domicilio para rajarme como a un cerdo. Nada de eso sucedió; al cuarto día me informó mi madre, en labor de ardua vigilancia (ella sabía de qué iba todo aquello, aunque yo no le había contado ni mu… ¡Malditas cotillas de mierda!), que la novia no desposada junto con sus padres y hermanos habían sido desterrados de Cacabelos. El destierro gitano consiste en trasladar a los condenados a más de cien kilómetros de su lugar de residencia, con la prohibición expresa de volver por allí. Por fin pude respirar tranquilo y salir a la calle, aunque siempre con un ojo avizor por si me cruzaba con algún Jiménez por ahí con intenciones no demasiado amistosas. La jindama (término que utilizan constantemente los gitanos para referirse al miedo, pero al miedo visible, al que provoca diversos grados de diarrea) aún no se me había ido del todo.

A los diez días regresó Mariano. Todo lo que hablamos sobre lo acontecido en la boda gitana fue:

Yo – Tú viste que movida…

Él – Ya.

La verdad es que no hacían falta palabras para entenderse; los dos sabíamos que su vida habría corrido peligro si Raquel llega a dar el nombre del que la había ‘deshonrado’; pero ella, por lo que supimos unos días más tarde, insistió en que había perdido ‘eso’ por culpa de la bicicleta – y si no fuera por Mariano, razón no le faltaría a la pobre chica ya que las bicis que ‘lucían’ los gitanos estaban a años luz de lo que nosotros, “seres civilizados”, entendemos por bicicleta… más de una no tenía ni sillín… Pobre chica, y no lo estoy diciendo por compasión; esa no es una de mis ‘virtudes’. Yo no la utilizo como excusa para justificarme, yo procuro pasar a la acción (aunque, para no engañarnos dejándonos llevar por el calor del momento, rara vez tomo alguna iniciativa fuera del lenguaje hablado).

Tengo la impresión de que Mariano y Raquel estaban enamorados de verdad, pero sólo es una impresión, vaga, como casi todas las mías.

En septiembre yo me vine para Oviedo a hacer un examen, matricularme y todo lo demás; mientras, Mariano comenzaba a salir con Cristina, la hija del ‘Túzaro’, el zapatero de la plaza , y con ella sigue, con boda de por medio, claro… algo que Raquel no pudo llevar a cabo… ni con Mariano, ni con el tal Antonio Salazar. Machismo, puro machismo del que todos, absolutamente todos los hombres nos aprovechamos a la mínima de cambio.

Hay algo que me dijo Mariano el otro día en su casa que no me deja en paz, no ceso de darle vueltas y más vueltas. Cuando nos despedíamos hasta la próxima va y me suelta así, de sopetón, que le había parecido haber visto por Cacabelos a la chica aquella de la foto, la de la boda de mi prima Natalia, y que además la había visto en dos ocasiones, una caminando por la plaza y otra pasando por la carretera general en dirección a Ponferrada, conduciendo un Ford Fiesta de color rojo. Después de mi tajante afirmación diciendo que eso era absolutamente imposible, Mariano dijo que tampoco lo podía asegurar con rotundidad; ‘aunque si no era ella, entonces la que yo vi era igualita a la de la foto con la que tanto me diste la vara’, acabo diciendo no muy convencido de que la persona que había visto no fuese Ingrid. A punto estuve de contarle yo todo lo que había sucedido, pero, la verdad, no me vi con las fuerzas suficientes como para dar la más mínima de las explicaciones. Al Mariano de antes, al ‘Tocinín’ de toda la vida sí que le habría pedido consejo, y pienso que él me habría entendido… al menos sí que me habría escuchado con calma. Pero, ¿cómo iba a entender el Mariano de ‘¿otra pastita?’ todo ese galimatías entre Ingrid, Javi, Salman Rushdie, los tres del accidente, la nota a nombre de Sara Balabán, la madre de Javi y, por supuesto, yo mismo? La respuesta es sencilla: de ninguna manera. Cuando una persona cierra su ámbito existencial, cuando se deja hundir en arenas movedizas de tal calibre sin plantear siquiera un poco de batalla… ¿qué otra cosa te queda aparte de seguir siendo, a pesar de los pesares, uno de sus más fieles amigos? Para mitigar ese rictus de cara de bobo que se me había quedado después de escuchar por boca de Mariano que Ingrid había estado de nuevo en mi pueblo, en Cacabelos, no tuve otra salida más gloriosa que la de contar un chiste de lo más tonto, como en los buenos tiempos:

¿Viste que golazo marcó mi hijo ayer? / ¿Cuál, el de penalti? / No, no, el pequeño…

Mariano ni se ríe; no es capaz de cambiar la expresión de aturdimiento de su rostro hasta que, al fin, pregunta muy intrigado: ‘¿pero de qué penalti hablas?’… Cinco minutos más tarde me encontraba yo enfilando el camino hacia mi casa… Lógico.

Por el camino ajusté los auriculares en mis pabellones auditivos y le di al ‘play’ para que Gary Numan me explicase bien si las ‘amigas’ son eléctricas o no, y pensé: ‘tengo que llamar a sus padres y decirles que la han visto por Cacabelos’; pero no, no me veía yo ejerciendo de Lobatón en mis ratos libres. Al fin y al cabo, la información de mi amigo Mariano tampoco era muy fiable, y aunque lo fuese, si alguien se larga de casa sin dejar ni rastro por algo será, que no hay porque buscar a nadie en contra de su voluntad; vamos, digo yo.

… DE LA VIDA XLVI…

XLVI.

¿La Ley del Talión…? Sólo es algo intuitivo, lo cual deja campo libre a un posible error de cálculo. No estoy hecho para el ‘cine negro’, que, aunque me guste saborear una buena peli de Cagney o Bogart, acaba siempre por destruir mis defensas. Entonces, ¿qué coño hago yo metido a Pepe Carvalho, con el coche de un amigo, y pernoctando en un hotel de las afueras de Palencia? ¿Qué extraña necesidad me obliga a mí a jugar mi propio papel de héroe? No lo sé. Algo desconocido tira invisiblemente de mí; estoy atado a una cuerda sin fin que me lleva, me va llevando… Y lo más curioso es que me parece que estoy a punto de descubrir algo…

Ahora me siento cansado…

Dormiré y mañana temprano visitaré ‘Desguaces López’; puede que ahí esté la clave de todo el asunto… pero antes voy a llamar a Fernando, que debe estar acordándose de todos mis ancestros, y más que se acordará cuando le cuente que le jodí el piloto trasero derecho de un golpe al aparcar…”

Cada uno tiene sus manías: unos creen que existe algún dios y se entregan devotamente a él para los restos; otros viven por y para la política y sus consecuencias; y la amplia mayoría intenta disfrutar de alguna actividad extrasocial que inunde sus horas de ocio, llámese ésta cine, música, filatelia o incluso colombofilia, como en el caso del insigne padre de los siempre anárquicos Zipi y Zape, Don Pantuflo Zapatilla. Pedro constituye una especie de híbrido mezcla de música pop-rock, cine y literatura, todo ello aderezado convenientemente con una pizca de sustancias psicotrópicas. Dentro de la inmensa multiplicidad de manías, llamémoslas secundarias, que todo bicho viviente posee, Pedro abusa con demasiada frecuencia de una especialmente idiota, aunque siempre relajante para su saturado cerebro: las iniciales de las matrículas de los coches, con las cuales construye todo tipo de acrónimos a los que intenta dar sentido (semánticamente hablando, que para eso es un prototipo de futuro filólogo). Un ejemplo, O – cualquier serie de números – CA; separando la inicial de la provincia y las letras de serie de la cifra obtenemos OCA, que, aparte de ser un palmípedo, para Pedro significaría Organización Comunista Asturiana. Otro, S – … … – Y; SY: pasamos ya al terreno musical y, ¡cómo no!, Sonic Youth. En estas circunstancias siempre da vueltas a la rueda de su mente tratando de encontrar algún grupo, alguna organización, alguna canción cuyas iniciales coincidan con las letras de la matrícula; si después de transcurridos unos minutos lo ve imposible, entonces se inventa cualquier frase, idiota preferiblemente. El último ejemplo: MSP, Manic Street Preachers, o bien Minero Siderúrgica de Ponferrada.

Habitualmente, antes de irse para clase Pedro pone algo de música a todo volumen mientras disfruta de un humeante café con leche y uno o dos cigarrillos. Ese día, después de que Gloria, la madre de Javi, le hubiese negado el saludo al encontrársela por casualidad en el portal, se sentía raro… No sabía que CD poner en su nuevo equipo compacto musical, hasta que, al hacer una segunda ronda de reconocimiento por el estante – en tan sólo tres meses ya se había comprado la friolera de diecinueve CDs, más los cinco que le habían regalado – reparó concretamente en uno al que no había prestado excesiva atención desde que su primo Jose se lo había regalado a finales de septiembre: el ‘Satyricon’ de los Meat Beat Manifesto.

– … Meat Beat Manifesto… M… B. M. ¡Joder… ! ¡¡MBM!! ¡Hostiaputa! ¿Dónde he visto yo hace poco esas siglas…?

Ejercitó su memoria hasta el límite; sabía perfectamente que hacía muy poco tiempo había visto algún coche cuya matrícula contenía esas tres iniciales, y que, además, era el coche de alguien conocido. Cuando estaba a punto de exprimir la última gota de su masa gris, comenzó a recordar el sueño que lo había alterado unos días atrás.

– Claro, claro… ¡Seré gilipollas! M – 2067 – BM, el coche de Ingrid, el que conducía en mi sueño… ¡Es alucinante…como una premonición! Entonces ése tiene que ser el coche que atropelló a Javi; sólo recuerdo que aquel también era de color rojo, pero lo mismo podría ser un ‘Ford Fiesta’ que un 205… ¡Con el ciego que llevábamos…!

Ni siquiera se molestó ya en poner el CD, sólo cogió apresuradamente su carpeta y salió escopetado en dirección a la calle; tenía que llamar por teléfono a alguien de confianza y contarle el sueño antes de que pudiera olvidarlo. Pensó en Fernando casi automáticamente: “Este tiene buena memoria y seguro que, en cuanto se lo cuente, se acordará luego mejor que yo, que no me fío yo de mis propios sueños, sobre todo porque nunca logro recordarlos… y eso que lo intento”. Entró en una de las cabinas que hay frente a la estación de autobuses, y marcó el número de su amigo; al segundo tono, la voz de Fernando surgió al otro lado del hilo telefónico.

– ¿Sí? ¿Quién llama?

– Joder, menos mal que estás en casa…

– Pero… ¿Quién es?

– Soy yo, tío, Pedro. Vas a alucinar, acabo de recordar un sueño que tuve hace unos días, aquel día que te dije que notaba una sensación extraña, que me había despertado sudando, muy alterado…

– ¡Ah! Sí, sí, ya me acuerdo; fue el jueves pasado. Sí, es verdad que estabas un poco raro… no sé, como alicaído.

– Justo; flipo con tu memoria, tío… Oye, ¿tienes tiempo ahora?

– ¿Ahora mismo?

– Sí.

– No sé, tenemos clase dentro de… exactamente… treinta y siete minutos, bueno, depende de cuánto tiempo necesites…

– Es que tengo que contártelo ahora mismo, que si no seguro que se me olvida; ya sabes que nunca soy capaz de recordar lo que sueño, pero en esta ocasión, gracias a los ‘Meat Beat Manifesto’ me vino así, como de repente, a la memoria… y todo gracias a mi manía con las matrículas de los coches… Es un sueño bastante… cómo definirlo… surrealista; eso ¡surrealista!, pero creo que tiene hasta cierto sentido, que podría explicar algunas cosas…puede que hasta tenga cierto carácter premonitorio… no sé.

– Venga, pues al grano, que si no…

– Es de día, y yo voy caminando solo por una carretera comarcal. No hay trafico, tampoco señales indicativas. No hay cuestas, por eso puedo ver la infinidad de curvas a izquierda y derecha que me esperan… ¡No puedo pararme… ni dar media vuelta…! El camino me arrastra… …

Y allí quedó, grabado en uno de los infinitos ‘bytes’ del cerebro-esponja de Fernando. Quedaron después de clase a tomar unas cañas para así poder analizarlo conjuntamente, en equipo, e intentar, finalmente, elaborar una sinopsis interpretativa. La postura de Fernando no había cambiado ni un ápice.

– … ya no hay más que hablar; ahora te vas a la policía, das el número de la matrícula, y que ellos investiguen y descubran a quién pertenece el coche.

– ¡Joder; ya estás otra vez con lo mismo! ¡Qué no, tío; qué no! Que esto es algo que debo resolver por mi cuenta…es una mera investigación con fines aclaratorios. No te preocupes, que con lo que pueda descubrir, y si veo que es algo extremadamente grave, ya lo pondré en manos de la justicia, de vuestra puta justicia.

– Te vas a meter en un buen lío, ya verás…

– Qué no; que sé cuidar de mi mismo… No me pasará nada. Mañana mismo, a primera hora, me acerco hasta Tráfico y les cuento cualquier historia para ver si así pueden informarme sobre la identidad del dueño del dichoso ‘Ford Fiesta’… si es que en realidad existe algún ‘Ford Fiesta’ rojo con esa matrícula.

– Pero… ¿cómo lo vas a hacer?

– ¡Bah! Eso es fácil; está tirado engañar a los de Tráfico… Les diré que una persona me quiere vender un coche con ese número de matrícula, y que no me fío, que prefiero ser precavido por si acaso es robado, que sólo es por asegurarme al cien por cien… Ves, así de sencillo.

– No, si a ti tu imaginación un día te va a meter en un buen berenjenal… Mejor la usabas con fines mas didácticos e instructivos, como estudiar, por ejemplo.

– Vale, vale, papá… Joder, a veces no me explico cómo puedo aguantarte.

– Será porque me quieres, cariñín mío – dice Fernando a la vez que da un pellizco suave en la mejilla de su amigo.

– ¡Fernando?

– ¿Sí?

– ¡Vete a tomar por el culo!

… DE LA VIDA XLV…

XLV.

Una noche Pedro tuvo un sueño… bueno, sueños, lo que son sueños, los tendrá cada noche, como cada ser humano; me refiero a que hace dos días recordó un sueño, algo excepcional ya que nunca es capaz de recordar nada de lo soñado. El sueño podría resumirse como sigue:

El escenario, una carrera comarcal vacía, sin tráfico. Pedro camina en solitario siguiendo la estela de la línea continua que divide el asfalto en los correspondientes dos carriles. Es un camino plagado de curvas peligrosas a ambos lados. No hay señales de tráfico… De lejos, escucha una canción que le gustaba de muy pequeño, Amoureux Solitaires, de Lio, una chica que cantaba en camisón y bragas y que, cada vez que salía en Aplauso arrebataba no sólo a Pedro, sino a todo ser humano amante de la belleza; ahora le parece verla allí bailando, al fondo de la carretera… ¡incluso se parece un poco a Ingrid! (Amoureux solitaires dans une ville morte, amoureux imaginaires mais apres tout qu’importe, que nos vies aient l’air d’un film parfait… ‘Enamorados solitarios en una ciudad muerta, enamorados imaginarios, da igual, a quién le importa, hagamos que nuestras vidas se parezcan a una película perfecta…’))

De repente, al salir de una cerrada curva a la derecha, Pedro divisa allá, a lo lejos, muy por detrás de la propia Lio, una multitud que camina en dirección contraria. Van moviéndose despacio, muy despacio… Son zombis, pero no lo parecen – al menos no responden a la tradicional imagen fílmica del muerto viviente -. Intenta escapar, pero no puede: la propia carretera lo encamina hacia ellos. Tiene miedo (algo lógico, por otro lado). Se van acercando ellos a él, y él, irremisiblemente, también a ellos, como si un invisible imán los atrajese mutuamente. Por fin llegan a su altura; saluda a todo el mundo en general, pero no recibe respuesta alguna. Ellos caminan con una extraña rigidez; van todos vestidos con trajes negros; están muy pálidos… ‘Joder, éstos están muertos’, piensa antes de asustarse de verdad: ‘¿y yo?… ¡Anda la hostia, entonces yo también debo estar muerto… !’. Entre la masa distingue a su abuela Dolores. Emocionado y nervioso, llama su atención, pero ella no le contesta; nadie lo hace, todos pasan de largo. Sin dejar de salir de su asombro, continúa fijándose en la gente que pasa por su lado; casi al final del grupo aparece Javi, su amigo Javi. ‘¡Eh! ¡Javi, Javi, tío… ! ¿No me oyes?’. No, no le puede oír; no le mira, ni siquiera responde con un simple gesto. Pedro intenta acercarse a él para zarandearlo, para darle una buena bofetada… Imposible, ya que ahora una extraña fuerza lo mantiene quieto, sin poder caminar; para comprobar si está o no paralizado mueve un brazo y se lo lleva a la altura del pecho… ‘¡Qué alivio! Al menos yo puedo mover los brazos’, trata de consolarse un poco a sí mismo, y luego comienza a hacer muecas con su cara; intenta también hablar pero, aunque mueve su boca, no sale de ella ningún sonido, sin embargo él no se da cuenta de este hecho ya que él sí que puede escucharse a sí mismo. La Santa Compaña se va alejando de su posición; siguen yendo muy despacio, pero Pedro no puede mover sus piernas… no puede hacer nada. Transcurridos cinco minutos, puede oír el ruido del motor de un coche que se acerca: es un Ford Fiesta de color rojo; se fija, como siempre hace, en la matrícula (M – 2067 – BM). ‘Vaya, un coche de Madrid… M. B. M.’, se dice a la vez que estira su brazo derecho hasta llevarlo a una posición casi horizontal, para luego cerrar el puño y sacar el dedo gordo, como haría cualquier autoestopista. La sorpresa de Pedro es mayúscula al reconocer a la conductora: ¡¡¡Es Ingrid!!! La inicial sorpresa se torna alegría al verla, pero acaba siendo una de las más profundas decepciones cuando ella también pasa de largo, sin parar, aunque, eso sí, sin dejar de saludarlo diciéndole adiós con la mano. En el asiento del copiloto le pareció que iba sentada una anciana señora, y digo ‘pareció’ porque Pedro sólo pudo distinguir una silueta coronada por un moño alto de pelo cano; también recuerda Pedro que esa supuesta señora llevaba una chaqueta gris de punto que le resultaba familiar: ‘¿A quién he visto yo antes con esa chaqueta?’, se pregunta… Pero en ese preciso momento, Pedro oye el tubo de escape de un coche que esta vez viene en dirección contraria… y él que sigue sin poder moverse de allí. Cuando están a punto de atropellarlo, se despierta sobresaltado, empapado en un mar de sudor frío. A pesar del susto recibido, al principio no es capaz de recordar nada de ese sueño, como siempre, como le sucede habitualmente con todos sus sueños; se levanta, bebe un par de vasos de agua, y sigue su vida normal, un día como otro entre semana…

Yo conozco la historia de este sueño porque, pasados unos días, Pedro me llamó por teléfono muy alterado para contarme que había recordado esa extraña pesadilla. Quedamos en una céntrica cafetería y allí, ya más tranquilos, lo comentamos con calma. Aunque él trató de explicarme cómo había podido recordar ese sueño después de tantos días, lo cierto es que yo no me enteré muy bien de ese rollo – algo sobre un grupo de música y unas iniciales que coincidían con la matrícula…- No sé, sólo sé que ahora está enfrascado en una especie de investigación con fines aclaratorios – así la llamó él -. No tengo noticias suyas, y estoy verdaderamente preocupado ya que le tuve que dejar prestado mi coche… No podía negarme. ‘Fernando, tienes que hacerme un gran favor’, me dijo como si le fuese la vida en ello; y yo, por supuesto, le entregué las llaves de mi coche sin pensármelo dos veces. Un día, todo un día, y no sé por dónde puede andar este tío. ‘Ya te llamo cuando sepa algo’, contestó al preguntarle yo que cuándo me lo podría devolver… y aquí estoy, esperando, aguantando las continuas reprimendas de mis padres, que no paran de decirme que soy un gilipollas; pero eso no hace falta que me lo digan ellos, que ya lo sé yo… Es que Pedro es mi auténtica debilidad: todavía no he aprendido a decirle que no a nada… pero como no reciba algún mensaje suyo hoy o mañana creo que habrá que empezar a utilizar ese monosílabo con él. Gilipollas, sí… pero hasta un límite”.