LA VISTA ATRÁS – IV

IV.

– Sentí en el alma lo de Remedios, Antonio.

– Ya.

– El destino nos juega a veces estas malas pasadas.

– Supongo.

Quizá Álvaro estaba intentando justificarse ante la opinión de su hermano mayor, pero éste no parecía dispuesto a entrar en detalles, a responder utilizando más de una sola palabra en cada una de sus intervenciones. Álvaro ya conocía al detalle lo ocurrido aquel fatídico día de junio de 1961, el modo en que la pobre Remedios, tan joven y bella, había sucumbido al ritmo cadencioso pero cotidiano de la muerte. No podía ser morboso. No debía hurgar más profundo en la herida que su hermano parecía no haber podido cicatrizar en los casi treinta y cuatro años transcurridos desde la fecha en que se quedó viudo. No había suficientes plaquetas en todo el Universo para hacer postilla de su inmenso dolor.

Álvaro fue el primer pretendiente que rondó a Remedios la “morraña”. Ella no sólo se sentía, como es lógico, halagada, sino que respondía plenamente a todos y cada uno de los pasos que el pequeño de los “paparranes” iba dando en su planteamiento de seducción, no excesivamente románticos, pero sí distintos a los utilizados por el resto de mozos casaderos del pueblo, que consistían, mayormente, en acercarse al patriarca de la familia de la pretendida para pedir permiso. Al menos se besaban y se metían mano a conciencia, a escondidas, protegidos por la falta de iluminación – norma habitual en las noches invernales en los soportales de la Plaza por aquel entonces aún del Generalísimo -. Y eso ya era algo.

Angustias la “carretona” se ponía en evidencia cada vez que su camino se cruzaba con el de Álvaro el “paparrán”. Él lo había notado desde que eran unos críos y compartían juegos con los demás niños del barrio, y siempre se había aprovechado de esa debilidad de su oponente para hacerla sufrir un poquito más cada día. Le parecía raro que una chica mayor que él bebiese por sus vientos tan a la vista de todos. La miraba con ojos que delataban algo más que mutuo respeto, y Angustias vivía y se desvivía con la ilusión de casarse algún día con aquél que constituía su amor platónico. Cuando llegó cabrón el sufrimiento, su padre, Eutiquio el “furraxo”, le dijo que nunca debía haberse puesto en evidencia, que eso sólo lo hacían las mujeres de mala vida. Sufrió en soledad su desgracia. Ya no estaba su hermanastro Carlos a su lado. Él había huido del pueblo a no se sabía aún dónde. Estaba ya resignada Angustias a vestir santos, a ser una más dentro del grupo de solteronas que iban diariamente a misa con un rosario de cuentas negras y un misal entre sus entrelazadas manos. Hasta que apareció Aurelio en escena y la salvó de la quema. Ambos se casaron con la treintena cumplida y bien cumplida. Martín, el mayor de los hermanos de Aurelio hizo las veces de padrino; Anuncia, la mujer del “Stalin”, Ramón de nombre, las de madrina.

Por aquel entonces, Álvaro ya había emigrado, y Remedios la “morraña” ya había fallecido, dejando viudo prematuramente al hermano mayor de Álvaro, Antonio el “paparrán”.

– A ti gustába-che Remedios, ¿non?

– Sí… … Bueno, un poco… pero no congeniábamos del todo, ya sabes.

– Sí, sí, ya sei… ya sei.

Lo sabía, claro que Antonio sabía que Remedios había abandonado a su hermano Álvaro por culpa de los extraños cambios de personalidad de éste último. Pero él no se llegó a sentir jamás plato de segunda mesa. En realidad, no le dio tiempo a sentir casi nada por ella. Estaban empezando a conocerse el uno al otro cuando de repente apareció la Dama de la Guadaña y asestó un certero tajo en el cuello de la joven “morraña”. Ya estaba preñada de la semilla de Antonio cuando murió, pero eso nunca lo llegó a saber nadie. Ni siquiera ella misma había tenido en cuenta aún una falta de tan sólo cuatro días en su ciclo menstrual, por otro lado, muy irregular. Con su ausencia, Remedios se convirtió en la amada, por y para siempre, de Antonio el “paparrán”. El vacío de la casa pesaba como una losa sobre su ánimo, cada día, cada mes, cada año más. Se murió la madre, y eso no le importó tanto. Ya no tenía familia directa a su lado, y se centró en el campo, en su finca de cerezos ubicada a escasos metros de la iglesia de la Virgen de la Quinta Angustia. Llegó a odiar a su hermano Álvaro; llegó a odiarlo de corazón, pero de tanto corazón, ese odio se tornó amor fraterno desde la llegada del hermano pequeño del otro confín del mundo casi treinta y cinco años después de su agria partida. Colombia se había convertido en la segunda patria del menor de los “paparranes”; la primera seguía siendo, en la lejanía pero en el recuerdo constante, Cacabelos, su pueblo del alma. Y ahora estaban los dos hermanos sentados el uno frente al otro, bebiendo chupitos de buen orujo. Treinta y cinco años habían pasado, con sus días, sus noches, sus alegrías y desgracias; separados por miles y miles de kilómetros de agua salada, la mayoría, y también de tierra fértil a ambos lados. Hablaban de sus recuerdos, de todo lo que habían compartido, incluida Remedios la “morraña”.

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LA VISTA ATRÁS – III

III.

En la calle misma, entre barro y polvo, jugaban todos los niños y niñas en perfecta armonía. Desde los más pequeños, de cinco o seis años, hasta los que ya habían entrado de lleno en la adolescencia. Estaban los dos “carretones”, Carlos y Angustias; Esteban el hijo del “Stalin”; Alberto y su hermano Aurelio, primos de los “paparranes”, pero sin mote reconocido hasta que Alberto se ganase a pulso, años más tarde, el de “camorro” debido a sus constantes y violentas provocaciones, que casi nunca venían a cuento; los dos primos “cereixais”, Aníbal y Eufrasia; y, por descontado (por último, aunque no los últimos), los dos “paparranes”, Antonio y Álvaro. Unos días tocaba “manro”, otros “tres navíos en el mar”; si hacía mucho frío, “cintalabrea”, que calentaba bien las piernas; y los menos, el “cascallo”, cuando las dos niñas del grupo, Angustias y Eufrasia, podían imponer su ley ante tanto prototipo de buen macho. Los días de lluvia, los niños esperaban impacientes su cese observándose los unos a los otros desde las ventanas a las que estaban literalmente asomados de medio cuerpo. Desde cada una de las casas se podían ver perfectamente las restantes. Todas, en simétrico conjunto, componían un casi uniforme círculo que en su superficie constituía lo que más adelante, con el transcurso del tiempo, se conocería como plaza que sepultaba el barro y los juegos de toda la vida bajo capas de cemento y alquitrán; la Plaza del Campelín.

Nada más que escampaba, ¡zas!, no transcurrían ni diez segundos, y una auténtica horda de rapaces y rapazas, que salían como despedidos por alguna extraña fuerza motriz de cada una de las puertas, invadían el terreno. “¿Dónde ta Álvaro?”, solía preguntar Angustias la “carretona”, la cual sentía una cierta admiración enamoradiza por el menor de los dos “paparranes”, a pesar de ser cinco años mayor que él. “Nun quiere salir hoy”, respondía presto Antonio, pero sin pararse a dar mayores explicaciones, que ya estaba él más pendiente del desarrollo de los preparativos del juego que tocase ese día que de los problemas que pudieran atar a su hermano pequeño a las patas de la silla de su cuarto. Era uno de esos días en los que Álvaro no parecía Álvaro. Era otro. Ya no era el rapaz alegre y dicharachero centro de atención constante del resto del grupo. No. Era una mutación como mínimo extraña. Serio, triste, abandonado a los aleatorios reflejos de su mente. Hablaba solo, y a veces hasta parecía reñir consigo mismo. En Cacabelos, hasta aquel entonces, nadie había oído hablar jamás de un tal Freud, pero doña Asunción, la madre, se preocupaba un poco más si cabe cada día que a su hijo pequeño lo ocurría esto, porque sabía que su mente no regía del todo bien. Intentaba en vano hablar con él:

– Álvaro, filliño meu, ¿qué teis?

– Nada, nun teño nada. ¡Deixame’n paz!

Resultaba a todas luces infructuoso todo intento de acercamiento al bueno de Álvaro en aquellas circunstancias. Parecía que nadie podría jamás cortar de raíz tan extraño mal. “Dios mío, Dios mío… Fala solo, igual que Fonsa”, se le oía cuchichear a su madre mientras pelaba algún pollo o escogía unos garbanzos, o puede que incluso unas lentejas, al calor de la cocina de carbón. Recordaba a su hermana Fonsa, que había acabado con sus huesos en el psiquiátrico de León. A veces hasta lloraba, pero eso sólo sucedía cuando ella sabía a ciencia cierta que estaba completamente sola en la cocina; (aunque sí que se vio sorprendida en más de una ocasión por el propio Álvaro, que de cuando en cuando salía de su abotargado letargo antes de lo previsto.)

Pero un buen día, siendo ya un mozo, Álvaro conoció a Remedios la “morraña” – no es que no la conociese de antes, que en el pueblo todo el mundo se conocía, lo que pasó fue que la conoció de una forma distinta: mirándola de acuerdo con la urgente llamada de sus glándulas más primarias – y ese simple hecho trajo consigo una época de ostracismo para los bruscos cambios de personalidad de Álvaro. Se había enamorado de la chica y ya no hablaba solo. “Eso e o que o miño rapaz necesitaba”, se decía contenta a sí misma doña Asunción entre amplias y limpias sonrisas de satisfacción.

LA VISTA ATRÁS – I

I.

– ¿Recuerdas aquel invierno que nevó constantemente (y con una fuerza inusitada) durante cuatro días?

– Sí. Cómo nun o voy recordar, ho.

Por supuesto que Antonio lo recordaba perfectamente, como si hubiese sucedido ayer mismo. Su memoria funcionaba a las mil maravillas; era un preciso reloj suizo dentro de su envejecido cerebro. Recordaba sobre todo aquel muñeco de nieve que permaneció sonriente la friolera (nunca mejor aplicado el término) de una semana frente a la puerta de su casa. La nariz de zanahoria sólo resistió como tal un día y unas pocas horas. La madre la necesitaba para reforzar el caldo semanal. No es que hubiese necesidad. No es que pasasen hambre, que legumbres, hortalizas, fruta y algo de cerdo, aunque sólo fuese tocino, nunca faltaban en la mesa. Era un pueblo, ganadero y agrícola. En Cacabelos no necesitaban cartillas de racionamiento para sobrevivir decentemente a la dureza extrema de los primeros años de posguerra. El padre, don Emilio, más conocido entre sus convecinos por el sobrenombre de “paparrán”, había probado fortuna, había tentado a la suerte demasiadas veces, y un día ésta le fue esquiva para siempre. Lo abatieron a tiros en la estación de ferrocarril de Burgos. Se dedicaba al extraperlo; quería que sus dos hijos llegasen a disfrutar de una vida que él no había nunca ni olido. Pero su sangre acabó mezclándose con parte de la harina de trigo que escondía bajo el forro de su raído abrigo de lana. “¡Alto!”, le dio la pareja de la Guardia Civil, y Emilio el “paparrán” no obedeció la voz de la autoridad. Echó a correr instintivamente hacia la zona más oscura de la estación. Era noche cerrada, noche de cuarto menguante. No quería acabar con sus huesos en la cárcel, a morirse de frío, de hambre, de pena, de hostias… Dos tiros a bocajarro, a traición, por la espalda. Emilio el “paparrán” murió casi en el mismo instante en el que el plomo hizo contacto con su piel. Su viuda amortajó el cadáver ayudada por su madre y hermanas. Emilio no tenía ya madre, y nunca había tenido hermanas. Era, por tanto, un asunto exclusivo de la familia política. Doña Angustias, la madre de Asunción, esposa y viuda del “paparrán”, a pesar de su gran destreza en esas artes, no fue capaz de borrar del rostro de su yerno – el rigor mortis había ganado por tiempo a la anciana compostora – aquella mueca de fastidio que delataba misteriosa algo más que un accidente. Porque eso fue lo que les contaron; eso fue lo que trascendió oficialmente: un accidente al saltar del tren en marcha.

Pero si teñe dos bujeros de bala na espalda”, comentó sorprendida Adoración, una de las cuñadas del difunto. “¡Ca la boca, rapaza!”, replicó su madre, “¡nun ves que podes metenos a todos nun buen follón! Trata de vestilo y na más.” Nadie lloraba, que eso no se podía hacer cuando se amortajaba a un difunto; las lágrimas debían asomar a la vista de los ávidos ojos del pueblo en pleno; convenía guardarlas pues. A Asunción sólo le quedaba ya ser una buena, diligente y resignada viuda y cuidar de sus dos pequeños, Antonio y Álvaro, de siete y cuatro años respectivamente. Por fin, tras dos horas de ardua labor, el cadáver quedó sellado con la rúbrica de los dos algodones que taponaban sus fosas nasales. Él podía ya reposar en paz, y ellas podían pasar a hacer compañía a las plañideras más expertas de la comarca, que ya esperaban impacientes en el salón, ensayando cada una su gemido más lastimero.

CEREZAS – XI

XI.

– ¿Y cuándo piensas volver por aiquí?

– No lo sé. Creo que pronto; en cuanto pueda volveré…pero para quedarme. Me gustaría morirme aquí, que me enterrasen en nuestra tumba, junto a madre, junto a…

– Veña, veña. Nun e momento pra falar de esas cousas…Sube ya no autobús que ya te coloco eu to los bultos no maletero.

Los dos hermanos “paparranes” se funden en un abrazo por iniciativa de Álvaro; Antonio trata de evitar que aquel gesto se prolongue en exceso. Antonio, con los pies en el suelo y los sentimientos en el núcleo incandescente de la Madre Tierra.

– Has de escribirme tú también, eh.

– Sí, ho…si me recuerdo de cómo se fai, que ya sabes que a min as letras…

Pero Antonio sí que contestará de vez en cuando a las numerosas cartas que irá recibiendo de su hermano desde Colombia, aunque le cueste horrores terminar una frase con su trabajosa caligrafía, plagada de faltas de ortografía, con su particular sintaxis, pero perfectamente legible. Le agradecerá a su hermano pequeño, a pesar de sus protestas iniciales, el regalo que éste le había dejado en la finca antes de cruzar el charco por segunda y última vez en su vida. Antonio no sabía nada sobre nuevas tecnologías aplicadas al mundo de la agricultura; es más, desconfiaba de ellas como el obrero de su patrón. Su hermano, que se había instruido pertinentemente allende los mares, sin embargo, sí. No era la primera vez que Álvaro, como si de un mago alquimista se tratase, experimentaba con semillas tratando de crear nuevos frutos transgénicos, como un híbrido exquisito entre tomate y pera que había conseguido hacía ya cuatro años.

La noche antes de partir, permaneció en vela sentado a la mesa de la cocina trajinando muy concentrado con los huesos de unas cerezas y unas semillas pequeñas, de tono oscuro, de las que se había traído de allá dentro de una bolsa de plástico transparente junto con las hojas ya resecas de coca, hasta conseguir un nuevo tipo de cerezas, o, mejor dicho, una nueva semilla que daría, una vez plantada y con el transcurso del tiempo necesario, una cereza nueva, desconocida hasta entonces por aquellos lares…y por todos los lares del planeta: la cocacereza, como el mismo Álvaro la bautizaría entre risas y sonrisas más propias de un chiquillo que acaba de hacer una buena trastada.

Ese día de finales de verano, Álvaro no madrugó porque ni siquiera se había acostado aún. Antes de dirigirse hacia la finca, buscó por todos los rincones de la casa, valientemente y con extraña determinación, a su antigua sombra, a su desterrado alter ego, pero no lo pudo hallar porque aquél se había ido de su vida definitivamente, para siempre. Contento y sintiendo que la misión, su misión, ya estaba más que cumplida, llegó a la finca. Platicó unos minutos con el pobre Augusto, que se encontraba allí más solo que la una, y, acto seguido, plantó las seis semillas que él, como si de la propia diosa Ceres se tratase, había creado. “Con esto se solucionarán tus problemas, querido hermano. Nadie más volverá a robar tus cerezas,…nuestras cerezas”, constituyó su particular bendición del fruto que acababa de sembrar. Ese era el regalo que le dejaba a su hermano.

Los cerezos crecieron muy aprisa, saltándose a la torera todo el proceso biológico de años de crecimiento, el normal en estos casos; tanto crecieron, que para la siguiente cosecha ya se podrían recoger los primeros frutos. Las primeras cocacerezas. Los primeros que disfrutaron de sus inenarrables efectos fueron, ¡quiénes si no!, los chavales de la pandilla del “peidán”, con el mismísimo José Manuel, nieto del primer “peidán”, a la cabeza. Los efectos no se hicieron esperar. Nunca más volvieron a la finca del “paparrán”, lo que disgustó tan profundamente al Augusto, que éste enfermó irremisiblemente hasta morir de pena, ¿o fue por su último atracón de cerezas, o mejor dicho, de cocacerezas…? Por el contrario, a Antonio sí que le parecieron aquéllas las cerezas más exquisitas que jamás había probado. Tanto, que las iba repartiendo jubiloso con todo aquel amigo o conocido que se le ponía por delante. Todo aquél que las probó comentó que aquellas cerezas eran un manjar digno de los dioses. Y así era, porque Álvaro así lo había querido. Porque sabía que nunca jamás regresaría a su tierra, y se sentía en la obligación de dejar que parte de su vida echase definitivamente raíces bajo el manto que le había visto nacer, bajo la tierra en la que ya ni los huesos perduraban de aquél que una vez había osado compartir un mismo útero con él. Álvaro no lo sabe; obviamente, no lo recuerda, pero sí que se vio en la obligada necesidad de recurrir a su instinto de supervivencia incluso antes de haber salido del cuerpo de su madre. “Estaba muy claro. O tú o yo, hermanito. Sólo me defendí de tu constante acoso.”, pensó Álvaro – aún antes de saber que iba a ser Álvaro y “paparrán” – en el instante en que vio por vez primera, aunque de manera ciertamente borrosa, la luz del sol. Eran las dos de la tarde y su padre, Emilio el “paparrán”, comía cerezas mientras esperaba ansioso la buena nueva. Luego sintió Álvaro unas palmadas en su frágil y sonrosado culo y se echó a llorar. “¡Este ta vivo! ¡Ta vivo!”, proclamó con toda la fuerza de sus pulmones la antigua comadrona de Cacabelos, Maruja la “peidana”. Era el día diez de junio de 1938. Una guerra entre hermanos asolaba al país, y en Cacabelos comenzaban a recoger la cosecha de cereza de ese año, porque, a pesar de guerras y conflictos, junio es el mes de la recogida de las cerezas.

CEREZAS – X

X.

(Un día de verano, una vez cosechada y vendida toda la cereza, los “paparranes” se encontraban tomando el café que sigue al almuerzo en el Hogar del Pensionista. Antonio jugaba su eterna partida de mus con el compañero y los contrincantes de siempre. Álvaro, en cambio, miraba un rato la televisión mientras saboreaba su tercer café. Ponían un documental sobre tiburones, que parecía interesarle muchísimo – Álvaro era un gran aficionado a todo tipo de documentales -. Estaba sumamente concentrado, casi ensimismado, escuchando la explicación que allí daban sobre las peculiaridades del proceso de reproducción del tiburón tigre, cuando algo alteró repentinamente su ritmo cardiaco. “…El ‘galeocerdo cuvier’ se caracteriza por su gran voracidad, llegando incluso, debido al gran número de crías que la hembra puede llevar en su interior, y en un bello aunque salvaje proceso de selección natural, al canibalismo intrauterino…”, comentó el narrador como si aquel hecho fuese lo más natural del mundo. Pero para Álvaro no lo era. Empezó a sudar, a sentirse realmente enfermo. La desagradable imagen de aquel feto de elasmobranquio tigre – conservado en formol como un auténtico monstruo de vientre desproporcionado – cuyo nombre científico acababa en ‘cerdo’ empezaba a actuar en su interior como un virus más que maligno. Álvaro, contagiado y contrariado al mismo tiempo, bajó su mirada y contempló en un acto casi reflejo su prominente barriga. “…Canibalismo intrauterino”. Y la imagen de un feto humano frente a sus ojos, a escasos centímetros, flotando alegremente en el líquido amniótico, se insertó en su pensamiento sin dejarle apenas tiempo para asimilarla. El feto de tiburón tigre se volvía por momentos “paparrán”. La tan temida resurrección podía producirse en cualquier momento. Secó el sudor frío que empapaba su frente y se levantó del sillón que ocupaba delante del televisor. Ya no quería seguir viendo aquel programa. Ya no. Y a pesar de su odio visceral por todo tipo de juegos de naipes, decidió buscar a alguien que no estuviese ya jugando para echar una partida que disipase aquella imagen y lo devolviese raudo a la puta realidad. Del juego que fuese, tute, subastao, julepe, incluso mus si era menester…¡daba igual!, que él los recordaba todos, o casi todos.

Esa misma noche comunicó a Antonio que regresaría a Colombia en cuanto pudiese. Como excusa puso sus plantaciones, que se acercaba la época de recolección. Antonio sintió una profunda pena en su interior, pero no la exteriorizó. Nunca exteriorizaba nada. Tan sólo preparó, dos días más tarde, una caja a modo de paquete llena de cerezas, las más verdes para que así pudiesen aguantar todo el viaje sin estropearse excesivamente, para que su hermano se las llevase consigo a Colombia; a “Diutana”, como diría el propio Antonio.)

CEREZAS – IX

IX.

Álvaro, tras su mítica lucha contra su otro yo, se aferró con fuerza al trabajo. Era capaz de seguir perfectamente el ritmo infernal que imponía su hermano. Antonio no salía de su asombro: el que antaño había destacado por su poco espíritu de trabajo ahora parecía uno más del pueblo, de los que estaban acostumbrados a soportar sobre sus espaldas intensas jornadas de trabajo en época de cerezas, en época también de vendimia, que no sólo de cerezas vivía el pueblo; jornales y más jornales de viñedos se extendían por todos los alrededores de Cacabelos. Pero los “paparranes” no habían heredado ninguna viña. Era una de las pocas familias que no podía presumir de elaborar sus propios caldos, aunque sí que podían disfrutar de aquéllos que tan cuidadosamente elaboraban muchos de sus convecinos. Antonio siempre ayudaba en las tareas de vendimia a todo aquél que se lo proponía, e incluso sin propuesta alguna, él corría presto a colaborar en la vendimia del “barájamelnaipe”, del “asturiano” o de Eleuterio, el carnicero de la plaza, su compañero de siempre el los avatares del mus.

– Te quedarás pra vendimia, ¿no?

– No sé…quizás. Depende de un par de cuestiones.

– Ya sabes que por mí nun hay ningún poblema.

– Ya, eso ya lo sé. Me refiero a cuestiones personales. Vine a buscar mi paz interior y creo que estoy en el buen camino. Por otro lado, tampoco puedo dejar aquello solo, a la buena de Dios.

– Cómo tú veas.

Y Álvaro veía. Veía como se iba librando día tras día de todo su lastre interior, si es que no se había librado ya definitivamente de él. Le apetecía contárselo todo a su hermano mayor, pero quizá sería mejor dejarlo todo tal y como estaba. Algunas cosas no están al alcance de los que no creen, o no quieren creer; y Antonio era de ésos.

Perder de vista a su otro yo, y recuperar al hermano perdido, esos dos hechos parecían satisfacer plenamente sus expectativas previas al viaje, sino plenamente mítico, al menos trascendente. Sabía de sobra que Antonio no aceptaría ningún presente de su parte, pero ya buscaría la manera más apropiada de dejarle algo como regalo sin que éste se diera cuenta. Es más, ya lo tenía pensado y requetepensado. Sabía que no llegaría a la vendimia porque tenía que marcharse pronto para Colombia, antes de que hubiese lugar a una no deseada resurrección de fantasmas por fin superados.

CEREZAS – VII

VII.

Dos días transcurrieron lentos y sin que los dos hermanos apenas se vieran las caras. El uno enfrascado en “la cereza”, y el otro buscándose a sí mismo a años luz de la extensa realidad que le rodeaba. Antonio pensaba desde siempre que su hermano pequeño estaba un poco trastornado; Álvaro, por el contrario, no era capaz ni de pensar siquiera en estos días en los que se debatía gran parte de su ciclo vital. No cruzaron ni palabra. Antonio ya es de por sí poco hablador, y Álvaro, sencillamente, no tenía ganas de platicar. Antonio desayunaba mientras su hermano todavía dormía; Antonio recogía cerezas en la finca mientras su hermano todavía permanecía encerrado consigo mismo en su habitación. Coincidían a la hora del almuerzo, pero con sus respectivos silencios respetaban inconscientemente la paz de cada una de sus fortalezas; fortalezas, sí, aunque no inexpugnables.

Antonio, mañana despiértame cuando tú, que voy ir a trabajar contigo”, fue la frase que rompió la tregua de silencio que se había prolongado durante casi dos días y medio. “Vale”, fue la escueta y aséptica respuesta que Antonio dio a su hermano pequeño, el que aún se cagaba en los paños higiénicos cuando su hermano mayor ya arrancaba de una rama baja de un árbol su primera cereza.

Veinticuatro horas antes, Álvaro trataba de vencer de la manera más digna su prolongada vigilia. De la más pequeña de sus maletas sacó una bolsa de plástico transparente que contenía unas cuantas hojas de alguna extraña planta, ya resecas; introdujo en ella su mano derecha, separó una del resto y se la metió dentro de su boca colocándola suavemente, con un movimiento ascendente de su lengua, en todo lo alto del paladar. Era una hoja de coca; Álvaro parecía recaer en el mal de las alturas; pero ahora ya no estaba en las montañas de Duitama y no tenía excusa para “darle a la coca”. Temía que él regresase. Estaba realmente nervioso: no sabía a ciencia cierta si lo había matado definitivamente o si, por el contrario, éste aún vivía escondido en algún rincón perdido de la casa, de su corazón, de su memoria…

No, su otro yo no había desaparecido del todo, y allí estaba ahora, otra vez visible y con más ganas de guerra que nunca. Álvaro apretó con fuerza la punta de su lengua contra el cielo de su boca. En esta ocasión no cerró los ojos; había que coger al toro por los cuernos y voltearlo de una puta vez y para los restos.

– Tú la mataste, ¿verdad?

– ¿A quién?

– ¡A quién va a ser! ¡A quién coño va a ser…No te hagas el sorprendido conmigo ahora, que te conozco más que a mi propia persona!

– Te equivocas de pleno. No fui yo. Ella murió de forma accidental.

– Ya. Pero tú sabes cómo sucedió, ¿no?

– Sí, claro. Yo estaba allí. Me gustaba mirarla mientras dormía al lado del patán del Antonio. ¡Ella tenía que haber sido nuestra…! ¡¡Y te largaste sin pelear, como un puto cobarde de mierda!!

– ¡No cambies de tema ahora, joder…! Te vio. Ella te vio y la mataste del susto. ¡Dime la verdad!

– ¡Qué no, hostias!………Bueno, sí que pudo haberme visto…¡pero sólo un instante, una décima…una centésima de segundo! Todavía no se había dormido. Esa noche se la veía inquieta, nerviosa. Jugueteaba en su boca con un hueso de cereza. Lo chupaba y lo chupaba…(una fea costumbre que se le había pegado del Antonio). Sus ojos miraron hacia la posición que yo ocupaba, escondido entre el lado derecho del armario y la pared…Yo sabía que el Antonio no podía verme, pero ella…ella……Se atragantó con aquel puto hueso de cereza. Ni siquiera pudo toser. Se taponaron por completo sus vías respiratorias…Se puso roja, luego morada…Se murió allí mismo. Y el Antonio durmiendo a pierna suelta a su lado sin poder siquiera darse cuenta de lo que le estaba sucediendo…Yo…yo…bueno, ya sabes que yo no podía hacer nada. Yo no existía…¡Yo nunca nací…! Y eso fue todo.

– Joder…eso fue todo. ¡Eso fue todo! ¡Qué gilipillez…! ¡Qué muerte tan gilipollas! Y yo allí, tan lejos, sin saberlo. Pero, pero ¿por qué cojones te diste a ver? ¿Por qué?

– No lo sé. No me di ni cuenta. Te habías ido, me habías dejado solo aquí, y ellos no me podían ver; no la madre y el Antonio, tú lo sabes, pero quizá…quizá ella sí…Ella no era como ellos; estaba hecha de otra pasta…No les pertenecía, y tú lo sabes bien. No lo sé, hermano, te juro que no lo sé…No te pudieron avisar a tiempo, aún no tenían ni tus señas ni tu número de teléfono. Te avisaron cuando lo de madre… Antonio te envió un telegrama urgente…pero tampoco viniste.

– No estaba preparado aún. Pero sufrí su muerte, ¡vaya si la sufrí! Yo quería mucho a madre; más de lo que tú puedas llegar nunca a imaginar……Lo de ella me lo había contado madre en su primera carta. Ya habían pasado casi siete meses…Me jodió, me jodió en el alma, por Antonio, también por mí, pero seguí adelante…yo solo…¡Yo solo! ¡¡¡YO SOLO!!! ¡¡¡¡Me cago en Dios!!!!

Y, por fin, Álvaro pudo hablar solo de verdad entre las paredes de aquélla que había sido, durante sus primeros veintidós años de vida, su morada. Él se había volatilizado, había sido abducido para siempre por sus propios pensamientos. Al fin Álvaro había podido cambiar su decorado. Lo había matado, y pensó que en realidad no había resultado tan complicado, aunque eso es fácil de decir después de treinta y cinco años disfrutando a pleno corazón de la soledad elegida conscientemente, después de siete lustros sintiendo la libertad de su propia carne corriendo veloz por sus venas a cada latido de su corazón.